Marta Fernández

13 de Mayo, 2008

Me atrevo a poner su nombre porque es tan común que podría ser cualquiera. Pero es su nombre real. Hace tiempo que prometí a Laura contarle su historia y creo que ya toca cumplir la promesa. Podría intentar narrar todo lo que sucedió, algo que nos dejó a muchos conmocionados y divertidos y que visto en la distancia tenía mucho más que ver con nuestra pasión por la vida misma que con la realidad. Al final escribí una carta a Marta Fernández contándole esta historia y aquí reproduzco esa carta, que ella nunca contestó. (Apenas he cambiado algún nombre por su nick y poco más. Lo demás es tal cual la escribí entonces).

¿Qué ocurre cuando estás tranquilamente trabajando de camarera en un bar - sí, ese curro que haces por las tarde para sacarte unas pelillas, un sitio con buen ambiente, vaya, trabajas a gusto – y de repente un tipo con un aspecto algo extraño se te queda mirando completamente alucinado y se pone blanco?

Claro, si eres una persona medianamente amable pues le sonríes con algo de timidez mientras piensas: “¿quién cojones será este?”.

Si el tipo se te acerca y te pregunta “¿tú eres Marta?” ya empiezas a decirte a ti misma “ah, vale, que me conoce” y empiezas a bucear en tu memoria a ver de dónde viene. Y el caso es que te suena la cara, pero no sabrías decir de dónde. Así que, amablemente, preguntas: “¿nos conocemos?”, mientras intentas evitar que el tipo te saque una cerveza gratis. Pero vaya, este tío es de verdad raro, y te dice “yo a ti bastante. Tú a mí no”. ¡Y encima se pira! Bueno, tampoco te vas a comer la cabeza, pero ya algo de curiosidad te da.

El cruce de cables definitivo sucede cuando al terminar tu turno, justo antes de irte con tus amigos le vuelves a preguntar al tipo que de qué te conoce y el tío te suelta una biografía de tu propia vida en tres líneas: “Eres Marta Fernández, estudias o has estudiado Lengua, siempre has querido escribir guiones, últimamente has estado ojeando libros de poesía italiana…”. Claro, lo más normal del mundo es que te pongas francamente nerviosa y empieces a preocuparte por el posible psicópata que tienes delante. El tipo te invita a una cerveza pero tú tienes que irte, así que en dos minutos te explica de qué te conoce. Lo cierto es que su historia no tiene ni pies ni cabeza, habla de una casualidad, de personas en común… pero cojones, no es para tanto. Tú aciertas a musitar: “fíjate, las casualidades”, y te escapas a toda prisa.

Hasta aquí tenemos los hechos que conozco yo, aderezados con alguna suposición. Después hipotizo lo que has podido pensar. Si por casualidad has recordado la anécdota en algún momento, es posible que te hayas temido que yo volviera a aparecer (el psicópata y tal). O tal vez te daba curiosidad la historia, vete tú a saber. Claro que quizás también te acordaras de que el tipo (yo) te dijo que no vivía en España, así que ya sabías que no volvería por el bar en bastante tiempo (si dijo la verdad).

Pero la verdad Marta es que me he quedado con las ganas de contarte la historia completa en condiciones. Y explicarte mi perplejidad y por qué me puse blanco cuando entré en el bar y te reconocí. Por que, tal y como lo he vivido yo, esto es bastante más que una coincidencia, o al menos una coincidencia espectacular, la más grande de mi vida. Así que a través de mi querida amiga Yhebra, otra amante furibunda del azar, te hago llegar esta carta, escrita desde Bologna, y espero que te diviertas leyéndola como yo escribiéndola.

Primero, las presentaciones. Me llamo Fanshawe, y vivo en el norte de Italia desde hace más o menos un año y medio. Tengo bastantes amigos repartidos por el mundo, se puede decir que en ese sentido soy bastante afortunado. Y entre todos ellos la relación más íntima la tengo con C. Conocí a C. hace unos cinco años, yo había terminado la carrera (periodismo) y él hacía el último año de Comunicación Audiovisual. A lo largo de estos cinco años de amistad hemos desarrollado una relación estrechísima y actualmente para mí es mucho más que mi amigo. En muchos sentidos es un espejo, mi otra mitad, tenemos un vínculo muy muy especial y bastante incomparable. El vive desde hace otro año y medio en Salzburgo y nos vemos un par de veces al año, pero lo que nos une va mucho más allá de cualquier distancia física.

Hemos vivido muchas cosas juntos pero él siempre me ha insistido que no tenemos vínculos con el pasado del otro. Es decir, en cierto sentido nuestra vida tiene un punto de inflexión, que es cuando nos conocimos. Todo lo que sucedió antes son anecdotas que a veces nos contamos pero que no tienen más sentido que el de la propia anécdota. En cambio las cosas que nos han sucedido después las compartimos intensamente, aunque no las hayamos vivido juntos. Efectivamente, no tenemos vínculos con el pasado del otro, no sé si me explico.

El 27 de diciembre, C. y yo quedamos para vernos, después de 4 meses separados. Desayunamos a lo grande y pasamos 4 horas hablando como locos, poniéndonos al día. Después cumplimos una de las nuestras tradiciones. La llamamos: “te invito a un libro”. Vamos a alguna librería y cada uno elige un libro para el otro y se lo regala. Nos fuimos a la Casa del Libro y nos pusimos a girar por la sección de bolsillo. De pronto un chico preguntó donde podía encontrar Ciencia Ficción y C. se metió a explicarle posibilidades mientras yo les observaba en segundo plano. En un momento dado C. dijo: “… y si no puedes ir a Santa Catalina, donde está la librería “héroes y villanos”.

Aquí es donde entras tú.

Tú estabas mirando libros de poesía muy cerca de nosotros. Tenías en la mano, me pareció ver, un libro de una poeta italiana. Cuando escuchaste las palabras “héroes y villanos” levantaste la mirada y sonreíste. Era una bonita sonrisa, desde luego, media sonrisa más bien, y nuestras miradas se cruzaron. Te devolví la sonrisa y seguiste a lo tuyo. Hasta aquí todo normal.

¿Si?

Carlos terminó de hablar con aquel chico y yo aproveché para decirle: “aquella chica nos ha sonreído”. El miró hacia ti, pero estabas de espaldas. No te vio la cara. Sin darle más importancia se lanzó a seguir buscando un libro para mí, y se supone que yo debía hacer lo mismo.

Pero no podía. Estaba nervioso. Es algo completamente absurdo, soy un tipo muy observador, siempre miro a las personas por todas partes y nunca, nunca en toda mi vida, me había quedado tan inquieto después de ver a un desconocido. Y lo peor es que no lograba comprender por qué. Oye, eres bastante guapa, pero en fin, se ven miles de chicas guapas todos los días por la calle. Vestida completamente normal, mirando libros, joder, normal todo, normalísimo. Pero yo me quedé nervioso e inquieto y no podía desembarazarme de esa sensación y además me cabreaba, porque no conseguía comprenderlo. Así que en lugar de buscar un libro me quedé rondando cerca de donde estabas tú intentando comprender qué me estaba pasando. Al final te perdí de vista. No sabía donde te habías metido, así que me pasé diez minutos mirando a ver si te reencontraba. E, insisto, ni siquiera sabía por qué, no pensaba decir o hacer nada, pero no sabía como calmar mi inquietud. El proprio C., cuando me vio, me lo dijo: “tío, te noto nervioso”. Yo le di la respuesta lógica que encontró mi cerebro: “es que no te encuentro un libro”. Pero lo cierto es que yo no miraba hacia los libros. Miraba hacia arriba.

Finalmente pagamos los libros elegidos y salimos de allí. Pero nos quedamos en la puerta, los dos en silencio, sin saber muy bien por qué. Finalmente miré a mi amigo y la conversación fue más o menos así:

FANS: Me he quedado inquieto por la chica que nos ha sonreído. Me he quedado con las ganas de invitarle a un café y tratar de comprender por qué me ha provocado esta intranquilidad, saber quién es. Pero la he perdido de vista, igual ha salido.

C: ¿Cómo iba vestida?

FANS: Pues… no sé, medio jipilonga, pantalones amplios, un jersey de cuello alto de rojo burdeos o parecido, un pañuelo de esos de mercadillo, y el pelo recogido en un semi moño.

C: Mmmm… voy a buscarla…

C., que no te había visto la cara antes, entró en la librería de nuevo (¿por qué él y no yo?) y se dirigió directamente a la última planta (¿por qué allí y no en la primera o en la segunda?). Cuando volvió estaba completamente pálido.

C: (Balbuceando) ¿Medio hippy?

FANS: Sí.

C: ¿Pelo recogido?

FANS: Sí.

C: ¿Jersey de cuello alto rojo?

FANS: Sí.

C: (Muy despacio) La única persona que he visto con esa descripción es la chica de la que estuve enamorado a los 14 años.

Silencio. O como lo llamaría el proprio C., terror metafísico.

FANS: (Recomponiéndose como puede) Ejem, vale. Hagamos esto. Yo me enciendo un cigarrillo y si para cuando termine no ha salido, nos marchamos.

Vale. Me enciendo el cigarrillo. Fumo. Le doy la última calada. Lo arrojo. En ese momento Marta Fernández sale de la Casa del libro y se marcha por la calle Velázquez tan tranquila, ajena a la revolución que acaba de iniciar involuntariamente.

FANS y C: (A la vez) Es ella.

Chica, nos quedamos sin aliento unos minutos, mirando al lugar por donde te habías marchado. Simplemente alucinados, sin palabras, sin movernos. Para cuando reaccionamos ya era demasiado tarde: habías desaparecido. Nos lanzamos a buscarte, ahora sí que te invitábamos al café, claro que sí. Echamos los dados al azar, nos fuimos a la librería Beta del teatro Imperial, mirando, buscando, intentando localizarte. En vano. Te habías esfumado.

Marta, estuvimos haciendo esa operación toda la tarde, medio asustados. En cada sitio al que fuimos (un bar en Santa María la Blanca, el café Alfalfa 10, la Plaza Nueva) mirábamos a todas partes esperando verte aparecer. No fue así. C. me explicó quién eras, lo de que estudiabas Lengua, lo de que querías ser guionista, en fin, los tres datos que te solté aquella tarde en el bar y que te dejaron medio asustada.

Al día siguiente por la noche, en mi casa, estábamos reunidos varios amigos míos y yo y conté esta historia. Toda mi gente sabe muy bien que siempre le estoy dando vueltas al tema del azar y de la casualidad, es algo que me fascina, así que esta historia va mucho conmigo. La conté con todo lujo de detalles, tal y como te la estoy contando a ti ahora, y las preguntas se agolpaban en la cabeza de todos los presentes:

* ¿Por qué C. no te vio la cara la primera vez? Si te hubiese visto la cara simplemente te habría saludado, o me habría dicho que te conocía, sin más. Pero no te vio, lo que provocó que se desarrollara todo lo que pasó después.

* ¿Por qué sonreiste?

* ¿Por qué tenías en la mano un libro de poesía italiana?

* ¿Por qué al salir de la Casa del Libro no nos marchamos, sino que nos quedamos esperando en la puerta?

* ¿Por qué C. se dirigió directamente a la tercera planta a buscarte?

* Y, sobre todo… ¿Por qué narices me quedé tan sumamente nervioso, tan tremendamente inquieto, por una chica absolutamente normal a la que no había visto en mi vida?

Al menos a esa última pregunta mi amiga Elena me dio una respuesta: “Has reconocido al amor de adolescencia de C.”. Yo te había reconocido. A pesar de no haberte visto nunca, a pesar de que C. jamás me habló de ti. Yo te había reconocido, claro. Y el propio C. concluyó: “acabamos de encontrar tu vínculo con mi pasado”.

Joder.

¿Final de la historia? Ya sabes que no.

La cosa se podía haber quedado ahí, ya era bastante espectacular así. Pero mira tu por donde el destino y el azar nos da una vuelta de tuerca más, cuando parecía imposible. Así que nos vamos a comprar algunas cosas por el centro yo mismo, mi amigo Snake y mi amiga Lu, dos de las personas a las que apenas unas horas antes les había contado esta historia. Y al finalizar las compras decidimos tomar algo. Y digo yo: “Vamos al bar ese de allí!”. Y allí que vamos. Y cuando entro en el bar me quedo paralizado. Porque la camarera de aquel bar no es otra que Marta Fernández, el amor de adolescencia de mi mejor amigo, la chica a la que yo había reconocido sin haberla visto antes en mi vida, la protagonista de la historia que me habia dedicado a contar la noche anterior.

Joder.

Mira que es grande Sevilla. Pues ahí estabas tú. Dos días antes de que yo me marchara de nuevo a Bologna y no regresaré a Sevilla hasta agosto. La cuadratura del círculo.

Joder.

Y ahora sí que se acaba la historia. Eso explica que me quedara tan paralizado al verte, eso explica que te contara tan precipitadamente todo esto y, creo, te asustara un poco. No quería irme de Sevilla sin contarte algo, esperaba a que terminaras de trabajar para invitarte a sentarte con nosotros en la mesa y explicártelo, desgraciadamente te marchabas a toda prisa y yo sabía que los dos días que me quedaban no tenía tiempo material para pasar de nuevo por el bar. Esta es la razón de esta carta, espero que hayas aguantado hasta el final.

Solo una cosita más. Tú, hasta ahora, no sabías nada de todo esto. Y hay algo que me resulta francamente divertido. ¿Te das cuenta de que, sin saberlo, sin comerlo ni beberlo, has sido la protagonista de una historia que han compartido como quince personas? La hemos contado, comentado, analizado, fantaseado sobre ella, mis amigos, Elena, Andrea, Yhebra, Lu, Snake, muchos más, hablamos de ella, con una protagonista central, tú, Marta Fernández, con nombre y apellidos, que ni siquiera has sido consciente de ello. Durante tres días has sido la auténtica protagonista central de las conversaciones de un puñado de desconocidos.

Y hasta aquí. Ahora puedes hacer un montón de cosas (entre otras tirar esto a la papelera) pero la verdad es que me encantaría que estuviéramos en contacto. Que me escribas y me digas que te ha parecido todo esto, como te has sentido. Realmente tomarme ese café que no te ofrecí, aunque sea virtualmente. Te dejo un e-mail, así sabes donde encontrarme.

Un beso fuerte Marta. Y hasta pronto.

Fanshawe

Permitido mirar

22 de Abril, 2008

Se me olvidó autoespamearme hace tres días con mi Teatro Abandonado de cada mes. Allá va:

El problema del vigía.

¡Teatro!

14 de Abril, 2008

Que guapa estabas ruliña. Pero guapa, guapa, ¿eh?, aunque tu papel iba de eso, claro. Te noté un poco manojito de nervios, pero no en el escenario, no, antes, cuando asomamos la cabeza por el salón de actos y te vimos terminando de prepararte. Nos dijiste hola con la mano y juraría que temblabas como una hoja de navaja afilada. Pero luego en escena no, ricitos, en escena estuviste estupenda. La gata me decía que, pasase lo que pasase, en ningún momento podría dejar de verte a ti sobre el escenario. Yo te confieso que me olvidé de que eras tú la que andabas debajo de la piel de la vecina tontuna y buenorri. Bueno, menos cuando dijiste que no te dejaban comer chocolate. Ahí sí que eras tú, sin dudarlo.

Tenía a tu hombretón a mi izquierda y era divertidísimo como se ponía colorado por solidaridad y empatía contigo. Sabes de lo que hablo, ¿no? Eso de taparse la cara, muerto de risa, pensando “ay ay ay ay ay ay, que está en escena, que hace de tonta, ay que risa, ay que punto, ay que me da, ay que vergüenza, ay ay ay”. Pero se meaba de risa en su asiento, y yo también. Eso a pesar de que el eco de la sala y el gallego de aldea de alguno se me atravesaba a veces, pero me reía igual. Y que frío, tú, vaya frío que se pasaba en ese auditorio de Narón, madre mía, vaya sitio para estrenar.

Lo siento por los sinsabores del año y porque hayas sentido que no te salió todo lo bien que tu creías. Te equivocas, salió mejor que eso y aún más, se me pasó volando la hora y media mientras os movíais sobre el escenario en esa comedia absurda de enredo con tantos y tantos esquemas reconocibles que era casi como que suene una canción que sabes de toda la vida por la radio. ¿Qué haces cuando pasa eso? Cantas, ricitos, cantas, no puedes hacer otra cosa. Así que allí estábamos nosotros, como aquella otra vez estuve yo, sólo que al otro lado, tu novio, tus amigos y un porcentaje inabarcable de señoras de tercera (y cuarta, y quinta) edad. Era hilarante ver como, seguramente poco acostumbradas a ir a ningún teatro, participaban de la obra, os hacían preguntas, os sugerían cosas, ay no abras la puerta, ay como venga el inspector ahora; eso, eso es comunión con el público, si señor. Así que a la porra el frío, el eco y mi no-lengua madre y que se levante el telón y que viva el espectáculo, esa emoción íntima que sólo se siente cuando te subes ahí arriba y empieza todo. Milagro, todo un milagro, año tras año.

¿Sabes que sentí cuando te vi allí sobre el escenario, ruliña? Envidia. Envidia cochina de ti y de los demás actores haciendo algo tan increíble. Habría pagado por estar encima con vosotros, en lugar de abajo, sentado en el patio de butacas.

Bien hecho, rizos. Me siento orgulloso de ti.

Un pequeño privilegio

12 de Abril, 2008

Sé que resulta recurrente en mí hablar de mis años escuchando cantautores en La Carbonería, pero es que anoche volví a acordarme de aquellos días con bastante nostalgia. Concretamente me acordé de un chico, Víctor, que algunas veces acompañaba a Pepe Camacho con la guitarra e incluso cantaba segundas voces. Una vez le puso música a un poema mío (que valor, que huevos) y me sonaba mucho más bonito que cuando lo escribí, sin dudarlo (menos mal que abandoné la poesía, madre mía). Era tan tímido que cantaba siempre en voz muy baja y sin separar los ojos de su guitarra. Probablemente tenía unos 19 años, aunque a mí me pareciese mucho mayor que yo, y lucía una perilla de mosquetero que le daba un aspecto aún más frágil.

El caso es que Víctor muchas veces venía con otro amigo suyo (¿Rafa?), ambos vestidos de negro, nacidos veinte años después de cuando les tocaba, auténticas enciclopedias de la música de cantautor. A veces, cuando los conciertos de los martes se terminaban, nos quedábamos unos cuantos a cantar muy mal a voz en grito canciones en catalán de Raimón y temas viejos de Paco Ibáñez. Una de esas veces Rafa, muy achispado, cogió su cerveza, la elevó al cielo y recitó con voz clara y firme:

Vengan a ver,
el palacio irreal
que inauguramos ayer
con alfombras de barro
y tapices de papel,
a la luz de la una,
a la luz de la luna,
a la luz de las dos,
a la luna de las tres.

VENGAN A VER
LO QUE NO QUIEREN VER

Víctor lo miró sonriendo y dijo: “Grande, grandísimo Luis Pastor”.

Anoche arrastré a la gata al club de Jazz Dado Dadá porque Luis Pastor presentaba su último disco, Nesta esquina do tempo
, una serie de poemas de José Saramago a los que el cantautor extremeño (afromeño dice él) les pone música y voz. Llegamos, nos acomplamos en una mesa un poco escondida, pegada a la pared, y nos dispusimos a esperar que el concierto empezase.

¿Qué éramos, cuarenta, cincuenta personas tal vez? Delante de un grupito mínimo de personas, Luis Pastor subió al escenario acompañado a la guitarra por su Antonio de siempre y se colgó en el rostro una sonrisa inmensa que no abandonó en toda la noche. La sensación de volver a estar en La Carbonería, delante de los de siempre, que él cantaba para nosotros y sólo para nosotros, como cada martes… me sentí un privilegiado por oírle hablar de los emigrantes de la periferia de España que crearon los barrios del extrarradio de Madrid, por recordar a Pablo Guerrero y hacernos cantar Evohé, por recordar a Violeta Parra tocando la percusión contra su propio pecho, por los ruidos de caballos y cascos, por la risa que regaló sin parar. Por ponerme la piel de gallina haciendo sonar el auténtico himno de Extremadura, un canto a su pequeño pueblo natal en el que, dice, con pasar por allí ya es suficiente…

Haz descender una estrella
que bañe mi cuerpo con toda su luz.
Tráeme paisajes de encina en tus ojos
un verde pintado de azul,
limpia de nubes mi cielo,
llena mis horas de miel
tú mi lucero, mi flor de jara, ven.


¿Te acuerdas de la épica?

11 de Abril, 2008

Sí, tronco, del Alavés, ¿no te acuerdas? Te conté la historia a ti, que el fútbol te importa mucho menos que cero y te quedaste alucinado. Claro, el tema de fondo no era el partido sino del momumento a la heróica que se puede llegar a montar desde la nada. La cosa era así, más o menos: El Alavés, un equipo modesto y carne de segunda división resulta que por una serie de carambolas se clasifica para la Copa de la UEFA, esa competición donde la clase media baja futbolística se deja los huesos y la clase alta está condenada a ganarla sí o sí, si no quieren que se lo echen en cara.

Total, que eliminando a rivales tan extraños en la UEFA como el Rayo Vallecano resulta que el Alavés se planta en la final, toma ya, el Alavés, tío, que eran los más modestos posibles. Y delante el Liverpool, ¡el Liverpool!, vaya nombre para una final. Así que ahí se meten los del Alavés en el campo y empiezan perdiendo. Pero empatan. Encajan otros dos y vuelven a empatar. El Liverpool coloca el 4-3 casi al final y en el último suspiro vuelve a empatar el equipo de vitoria. 4-4, tronco, aquello era increíble. Y en la segunda parte de la prórroga, casi casi a punto de llegar a los penaltys, en un corner el pobre Geli en lugar de despejar cabecea hacia atrás y se mete el gol en propia puerta. 5-4, fin del partido, Liverpool campeón, el Alavés llora. Al día siguiente un diario deportivo inglés titula: “Gloria, honor y respeto al Alavés”. Y en el subtítulo: “El Liverpool gana la final de la UEFA”. Para los británicos el nombre que tenía que quedar grabado era el de los vitorianos. Eso es la épica. Ya lo decía mi primo, esa historia es tan épica porque la cuenta el Alavés, que fue el que perdió. Ganando no sería igual.

Es que me acordé anoche de eso viendo al pobre Getafe empatando a tres en el minuto 120 de partido contra el Bayern de Munich, ¡El Bayern de Munich, tío! ¿Habrá algo con un nombre más imponente que eso? Con apodos como “el Kaiser” o nombres como “Kahn”. Impresiona.

Y anoche, cuando acabó el partido me acordé de ti y pensé en el Alavés y me acordé de como intenté contarle a una chica en Italia lo que significó aquella final de la UEFA. Ella no hacía caso, no me escuchaba, repetía como un mantra: “No me gusta el fútbol, no me interesa el fútbol, no me gusta el fútbol”. Yo intentaba hacerle ver que NO estaba hablando de fútbol pero ella seguía sin hacerme caso. Y allí estaba yo, en Bologna, desconcertado por no lograr hacerle entender lo que para ti fue tan fácil de ver. Necesidad de contar, dicen.

Así que entre el agujero que se me creaba dentro y la necesidad de contar, lo que fuera, cuando fuera, contar y contar otra vez, un 11 de abril de 2005 decidí abrir una bitácora y llamarla Reducir al mínimo. Hace hoy tres años exactos de eso.

Y viva el Alavés. Siempre.

Rescatunating post

2 de Abril, 2008

Este blog no caduca pero a veces me parece que si no dejo un post entre tanto desierto igual me lo cierran. En fin, que no voy a dejarlo pero es cierto que ando muy atareado y no veo el momento (ni el motivo claro) para poner algo aquí.

En realidad esto es un pequeño conjuro. Siempre que digo en público que no tengo nada que contar al día siguiente publico treinta entradas :P

Eso. Que sigo vivo.

De esta me despiden

19 de Marzo, 2008

Me temo que he dejado una gran gamberrada este mes en el Teatro Abandonado. Fue bonito mientras duró…


Endogamia de Pascua

Albóndigas con patitas

6 de Marzo, 2008

Dotado de una lógica aplastante, el niño Juan Cosaco preguntó en cierta ocasión a su madre que cómo eran las albóndigas cuando estaban vivas. Llevaba más razón que un santo, claro, ya que en su imaginario los pollos o los conejos o el pescado tenían un correspondiente “vivo” bastante claro. Pero, ¿albóndigas?

A partir de ese post se me ocurre intentar acotar un poco el extraño niño que fui yo también (como todos, vaya).

Con dos años me comía la arena de la playa. A puñados. Con ambas manos. A veces aparecía alguien que le decía a mi madre “Señora, su hijo se está comiendo la arena“, a lo que mi progenitora contestaba “ya lo sé, es que le gusta“.

Con cinco años mis padres me llevaron a una capea taurina en un cortijo sevillano, organizada por el antiguo jefe de mi madre. Supongo que podéis imaginar el tipo de persona que había por allí, así como su clase social y su orientación ideológica. En un momento dado mi madre me perdió de vista y se puso a buscarme por aquella finca. Finalmente dio con una sala grande adornada con cabezas de toros y otros animales donde muchas personas hacían corrillo alrededor de algo. Ese algo era yo subido a una silla. Dicen que estaba soltando un discurso del tipo “porque vosotros los ricos oprimís a los pobres y a los obreros, si les pagarais justamente la riqueza estaría mejor repartida y...”. Mi madre, avergonzada, me cogió en brazos para sacarme de allí. Uno de los señoritos que me había estado mirando le preguntó: “Señora, ¿este niño que lo ha tenido con Felipe González o qué?”

Con nueve años me gustó mi primera niña en serio. Se llamaba Dunia y era de Morón. Me trataba fatal. Su hermana mayor, Rebeca, era muchísimo más cariñosa conmigo, pero la que me gustaba era la otra, a lo mejor por ese nombre tan molón. Estas navidades, haciendo espeleología en internet con mi primo, el Dr. Breavman, aparecieron los nombres de Dunia y Rebeca. De la primera no sabemos nada. La segunda anda por Alemania en un macroencuentro de DJ: ahora se llama DJ Recca.

Más o menos con esa edad y bastantes años después, Breavman y yo jugábamos a “hablar”. Esto es, nos metíamos en el mar en la playa de Isla Cristina e improvisábamos una ficción, un auténtico culebrón, a veces con superhéroes y otras con un campamento de verano. Nuestros padres nos miraban alucinados preguntándose de qué narices estaríamos hablando.

Mi diversión del sábado por la noche con 12 y 13 años era ir al videoclub Papillón. Nada más llegar escogía una película (clasicos como No matarás… al vecino o Superdetective en Hollywood II) y luego me pasaba hasta las diez de la noche, hora de cierre, hablando con Kiki, la chica que atendía los sábados. Creo que estaba loco por ella pero era una chica tan “mayor” que ni siquiera me daba cuenta de ello.

Siempre había sido un niño gordito. Con 13 años adelgacé de golpe. Me di cuenta cuando en uno de los campamentos hice algún comentario sobre mi peso y una chica me dijo “¿Tú? ¡Pero si eres un palillo!“. Y sí que lo era.

Con quince años me atreví a hacer esquí acuático en una ciudad al sur de Inglaterra. El instructor nos aconsejó que si sentíamos que nos caíamos soltásemos el mango enganchado a la lancha motora para evitar rebotar y hacernos daño. Después de muchos intentos logré ponerme en pie sobre los esquíes. Cuando la lancha giró a la derecha solté el mango de golpe. No me caía en absoluto pero yo lo salté. Estuve volando unos cuantos segundos.

Con dieciséis años decidí dejar de afeitarme y de cortarme el pelo. Volví a rasurarme la barba más de dos años después. No me reconocí el rostro en absoluto y fue todo un shock verme tan mayor de golpe. Desde entonces he llevado perilla, rasurado mosquetero, barba mega arreglada, patillas, lenteja bajo el labio y, últimamente, afeitado Ahmadineyad.

El día que cumplí treinta años escribí un post en este blog con el nombre “Albóndigas con patitas”.

Cómo desarmar a alguien

25 de Febrero, 2008
Yhebra: Vaya pesadilla más rara que he tenido. He soñado que me perseguían los Reyes Católicos.
Enrique: ¿Y cómo sabes que eran los reyes católicos? ¿Cómo sabes que no era Carlos V, por ejemplo?

Conversación entre los interfectos hace ya unos cuantos añitos. La he recordado hoy.

Doctorado: el musical

19 de Febrero, 2008

Ladys and gentelmen! En exclusiva y por primera vez en el mundo se recupera un fragmento de Doctorado: el musical.

Pasen y vean, que el Teatro abandonado se viste este mes de lentejuelas:

One more time, please. With feeling.